De la Alameda malagueña a un McDonalds pasando por los toros

agosto 7, 2007 at 6:54 pm (Asuntos Taurinos, Opinones)

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“Er que ze pierde en Málaga e porque e tonto, te explico: en Málaga la montaña eztá ahí (señalando cual azafata de vuelo hacia delante) y la playa allí (señalando de la misma forma, hacia atrás), azí que zi está mirando hacia la montaña, cohone, te da la vuerta y ya tiene la playa, azí de fací”. De esta guisa nos describía un camarero malagueño la catedral del pescaíto frito, los espetos de sardinas, las puntillas y los boquerones. La ciudad del sol andaluz, que por el azar o por cualquier otra razón, el domingo amaneció nublado, con pequeñas briznas de aire e incluso con leves goteos de lluvia que no llegó a romper en tormenta, gracias a Dios, es una ciudad que encandila gracias a su kilométrica playa, al Gibralfaro o su floreada Alameda,( que a saber las veces que la atravesamos mi padre y yo, del hotel a la plaza y de la plaza al hotel…) Pero este domingo 5 de agosto poseía un aliciente más, el comienzo de la Feria Taurina.

Foto: Javier López (vamos… mia que pa eso no salgo)

 Desde  primera hora de la mañana se respiraba ambiente taurino en los aledaños de La Malagueta. A las 12 horas el portero de los corrales del coso nos animaba a entrar para ver el apartado de los novillos que se lidiaban por la tarde. Sin pensarlo dos veces decidimos entrar para ver los “bichos” que iba a torear Carlos Guzmán, y cual fue la primera sorpresa, que de la novillada titular de Nazario Ibáñez, sólo cuatro astados pasaron el reconocimiento. Cuatro sardinitas se comentaba por allí, y que verdad, nada comparado con lo que Guzmán lidió en Madrid o en Villalba, por ejemplo. Sabíamos que tampoco nos ibamos a encontrar con una novillada grande y gorda, sino un lote muy del tipo del sur, de los que en teoría se iban a mover y dar juego, que es lo que el aficionado andaluz quiere ver: el torero de largura, temple, arte y pellizco, que es lo que gusta por allí abajo, porque como se dice, que para ver gladiadores ya están las ferias del norte y sino que se lo digan a Rafaelillo con los Miuras en Pamplona.

Después del apartado, decidimos hacer vida turista por Málaga: paseo por la playa hasta enlazar La Alameda, visita a la Catedral (por fuera), para llegar a la calle Larios desde donde accedimos a nuestro hotel. Subimos la maleta y sin tiempo para descansar ni cinco minutos volvimos a La Malagueta donde nos esperaban los familiares e incondicionales de Guzmán para ir a comer a un restaurante de pescaítos malagueños. Echamos un rato muy bueno, de desasosiego y si me apuran, casi vacacional, pero eran los momentos previos de la hora de la verdad.

Y esa hora tuvo su inicio a las siete y media de la tarde, cuando Ángel Teruel, Carlos Guzmán e Ignacio González que debutaba con caballos, rompían el paseíllo en La Malagueta. El primero de Teruel no fue del todo malo, aunque ya dejó notas de lo que sería la tónica general del festejo de Nazario Ibáñez: un encierro manso, peligroso y desclasado. Aunque este primero parecía que en algunos momentos se dejaba con la muleta, Teruel, un tanto frío, no llegó a acoplarse con un rival incómodo y solamente dejó apuntes de su sello particular aunque sin relumbrón. El cuarto fue otro cantar: un ejemplar de Buenavista que aunque demasiado terciado (y ya es decir) derrochó nobleza en las embestidas, un carretón como quien dice. Teruel instrumentó una faena con mucho temple, en la que el madrileño si consiguió encontrarse cómodo con el novillo, toreando con mucho gusto por ambos pitones. Quizá pecó de falta de recursos, pues con semejante carretón, podía haber expresado un toreo más variado para conectar con los tendidos, pero le bastó el sota, caballo y rey, para posteriormente pinchar una faena muy seria y perder las orejas de un novillo que las llevaba para cortárselas, el único.

Carlos Guzmán se topó con el peor lote del festejo, ninguno se dejó, y no tuvo otra opción de quedarse quieto y arriesgar ante sus oponentes para intentar sacar muletazos aunque fueran a cuentagotas. En el primero de su lote hubo buenos momentos: muy firme y asentado, este torero anda con una seguridad y una facilidad pasmosa delante de sus rivales. Pues con este novillo consiguió los momentos más importantes de su actuación en Málaga. Hubo muletazos sueltos de bella factura, como a él le gusta: largos y de mano baja, aunque el rival nunca se lo puso fácil y deslució la actuación del madrileño. La plaza pidió mayoritariamente la oreja, que la presidenta, muy condicionada por Fernando Cámara, asesor del festejo, decidió denegársela. No fue una faena redonda, ni mucho menos, pero sí una firme labor de entrega y valor. Para una plaza de primera como es la de Málaga, hay que ser exigentes en función de la categoría del coso, pero que yo sepa, la primera oreja la otorga el público, y la presidenta, a su libre albedrío, decidió negársela, y tuvo que conformarse con una vuelta al ruedo. El quinto fue, junto al sexto, el más peligroso y deslucido de la tarde. De primeras parecía un animal inválido, pues andaba con una sospechosa cojera en la pata delantera derecha que poco a poco fue medio disimulando pero que condicionó su embestida precisamente por ese pitón. A pesar de ser el único astado que entró con cierta pujanza en el caballo desarrolló sentido muy rápido: siempre con la cara arriba, reponiendo a la mitad de cada muletazo sin acudir nunca al engaño, arrollando más que embistiendo, y siempre midiendo para acabar conociendo a la perfección el terreno donde se asentaba el torero y donde la muleta. En esta faena sólo cabe destacar, una vez más, la entrega, la firmeza y un natural de ensueño de un Guzmán que se la jugó ceñido entre los pitones del animal. Tanta entrega hizo que tras varios avisos llegara a prenderle, propinándole una fuerte voltereta, en la que el madrileño cayó al piso de muy feas maneras. A pesar del percance y de varios segundos de suspense, Guzmán volvió a coger la muleta y siguió como si nada (y eso que antes de la voltereta sufrió un golpe fortuito con una banderilla en el ojo en un momento de la lidia) Con el desconcierto y el dolor que debía de sentir por la paliza, mató como pudo, y saludó una ovación de ley, marchando a continuación por su propio pie a la enfermería, donde fue atendido de varios varetazos de pronóstico leve. 

Ignacio González, que debutaba con caballos, estuvo muy arropado por sus paisanos cordobeses que le ayudaron a coger confianza para dejar lo más reseñable en la faena del tercer novillo, el único de Nazario potable. El novillero, muy verde aún, instrumentó una voluntariosa labor en la que apuntó detalles que deberá pulir con el tiempo, pues es normal si tenemos en cuenta que debutaba con picadores. Pasó un calvario con la espada, pues al no someter nunca a su oponente, e ir toreando siempre en los terrenos que marcaba el novillo, al rajarse definitivamente en tablas en los últimos compases de la faena, el joven novillero no le quedó más remedio que intentar pasaportar al animal que estaba refugiado cerca de chiqueros. A pesar de una voltereta sufrida lo mató de una media estocada que le valió para dar una vuelta al ruedo. En el sexo, González no pudo nada más que arrimarse y pegarse algún susto que otro.

El desconcierto, tras el festejo, quedó patebte entre los íbamos con la convicción de que ésta ya iba a ser la definitiva, que por fín iba a ser la buena; pero una vez más, el mal juego del ganado echó por tierra la ilusión de los novilleros y los espectadores allí presentes. Ya empieza a fastidiar de verdad ver a un Guzmán siempre firme, asentado, seguro, capaz, resolutivo etc, etc, etc, pero creo que eso ya lo ha demostrado con crecer. Ahora toca ver al otro Guzmán, al templado, de toreo largo y de mando; pero esto ya no depende de él, sino del milagro que le salga un novillo que embista. Por lo menos en Málaga estuvo como un jabato.

Tras la novillada acudimos al hotel del torero, donde tras una charla con los allegados de Carlos, apoderados, cuadrillas e incluso una muy bonita con Salvador Fuentes en la que descubrí que además de se un gran torero, es una persona sincera y agradecida, apareció Carlos con los signos propios del palizón sufrido y con las marcas de las heridas en la cara ocasionadas por el golpe de la banderilla. Tras otro rato de charla los pocos que quedamos decidimos buscar algún sitio para cenar (a las 00.30 de la noche) y claro sólo pudimos acudir al rincón más taurino de Málaga, a un McDonalds. Sin duda la foto que resume el día: lo que une el toro, que no lo separe un BicMac.

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2 comentarios

  1. Niño Burbuja said,

    O sea que Carlos Guzmán toreó en la McLagueta.

  2. JavierLP said,

    y encima estuvo cumbre con sus dos McToros (que tenían más peligro que siete menus de esos seguidos)

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